Me acaba de llamar Alberto y entre otras cosas sabrosas todas, me tengo que escuchar que yo no soy capaz de hacer cosas grandes. Todo lo que hago es pequeño. Sí; eso me dice. Bien es verdad que en llamadas largas suelo desconectar, ya que siempre he sido partidario de llamadas pequeñas. Y al pensar por mi parte esto de las pequeñas llamadas es cuando me he dado cuenta que igual tiene razón Alberto. Me gustan los pastelitos pequeños, las pequeñas vacaciones, los pequeños coches, los pequeños relatos...Mientras duraba la llamada he revisado mi blog de microrrelatos y soy consciente de que no tengo ningún relato largo. Aunque eso tiene fácil arreglo. Es cuestión de no poner ninguna raya de separación entre uno y otro y ya tengo un relato largo. Pero no. Los hechos, bien hechos están y no voy a enlazarlos, mutilarlos, ni nada por el estilo.

Supongo que algún día me levantaré inspirado y haré un gran relato. Uno de esos que para describir cómo es la estancia se necesitan ocho páginas. O para decir cómo es el mantel donde apoya el vaso el protagonista, somos partícipes hasta de donde proviene el hilo que lo cosió. Respeto y admiro a los que escriben cosas así, pero yo me veo incapaz de pasar de seis o siete lineas en cualquiera de mis textos. Adoro lo conciso, lo breve. Y extenderme puede llegar a producirme un estado de frenesí imparable que logre acabar con mi afición de plasmar letras y pensamientos.
Y la cosa no acaba aquí. No solo Alberto me ha llamado hoy. He recibido otra llamada para recordarme mi afición a mirar todo con lupa. Mientras me lo decían, me sentía cuál inspector siguiendo la pista verdadera. Como un explorador en busca de su premio. Pero el tema no era para elevar mi ego. Más bien para hundirme y decirme claro y alto mis maneras de fisgonear y de buscar donde no debo. Cuando uno busca donde no debe, encuentra lo que no quiere. Me dicen. Me repiten. Y acepto mis culpas. Así como acepto mis miedos y mis fobias.
Todo esto me ha dado el ímpetu que necesitaba para hacer esa llamada que yo tenía que hacer desde hace un tiempo. Y esta vez no iba a ser breve. Estaba dispuesto a que fuera extensa. Tenía que hablar con ella, y decirle que no me gustan las mentiras piadosas. Prefiero una verdad dura, antes que una mentira piadosa. Siempre he pensado que quien hace algo mal, lo vuelve a hacer. La que cuesta es la primera vez; pero la segunda sale fácil. Y mucho más fácil la tercera. Y así, hasta que uno se convierte en el campeón del mundo de mentiras piadosas. La llamada ha sido larga. Pero el resultado nulo. Ningún paso hacia adelante. No obstante, en los tiempos que corren, quedarse como uno está ya es buena cosa.
En otro orden de cosas, y casi acabado el día, llega ese momento de quedarme conmigo mismo y de pensar largo rato en mis propósitos. Primero, que se pare el viento, que atraviesa mis ideas y me nubla mis hechos. Luego, dar un paso al frente y seguir. Seguir sujeto para no caerme. Y pensar. Pensar que no me gustan los relatos largos, ya que los quiero breves. Aunque agradezco la llamada inesperada de Alberto. He seguido pensando que lo miraré todo con lupa. Lo veo todo mejor. Y que no soporto las mentiras piadosas, ni que me digan que lo hacen para no dañarme. Llega un momento que lo único que me daña es saber que es una mentira piadosa. El resto del mensaje ya no me daña.
Y, esto es lo que pasó.