"Mi piel es tuya..." le dijo ella, mientras él no daba crédito a lo que sus excépticos oídos transmitían a su cerebro. Para la ocasión, se había puesto una falda, ni muy corta ni muy larga, con unos exquisitos zapatos de tacón y unas medias de liguero.
Se sentaron juntos en el vehículo estacionado, al lado del Club de Polo, y ella esperó a que no pasara nadie por la acera, para besarlo apasionadamente. Envueltos ambos en líquidos de amor, ella le invitó a descubrir la suave piel que bajo su falda se adivinaba. La mano de él recorrió sus muslos y sumido en un estado de ensueño se atrevió por leves momentos a adentrarse en un terreno más íntimo. Mientras las manos de ambos daban rienda suelta a sus instintos más apetecibles, seguían comiéndose a besos; y sus lenguas jugaban a descubrir nuevos impulsos.
Un bullicio de gente que se aproximaba por la acera de enfrente hizo que se detuvieran un momento. Se miraron a los ojos, y compartieron la mejor de sus sonrisas. Después, ella le susurró al oído: "vámonos ya, quiero más". Y él arrancó su vehículo, a la vez que su olfato disfrutaba de un torrente de rosas.
Deseó que todos los semáforos estuvieran en verde, mientras notaba elixir de jugos en su cuerpo. Ya en la habitación, pudieron saber aquello que tantas veces habían leído pero que nunca habían probado. Supieron que era eso de parar el tiempo, de sentir, de adivinar, de disfrutar del gusto perdido, y de notar la sensación de recibir la piel de la persona amada...
