
Después de vivir tras el cristal del escaparate durante los últimos sesenta años, la mujer de plástico se ha cansado. Son muchos años de ser vestida y desvestida. Muchas modas pasajeras y otras duraderas. La mujer de plástico ya no quiere ser maniquí. Se ha marchado. En un gran bolso se ha llevado varias prendas, y camina con estilo por la ciudad. Sus músculos de plástico nunca se cansan, ni tampoco tiene frío. Después de unas rebajas aún recuerda cuando estuvo desnuda durante tres días y tres noches. Todos la miraban. Estilizado cuerpo y curvas casi perfectas. Y ella sin inmutarse. Hasta hoy, que ha decidido marcharse.
Se tomó algo en el Bar Puf, y dos habituales la confundieron con una conocida Madame que regentó el Rosa Adore. Craso error. Sus facciones plásticas se arrugaron por momentos y su fría mirada alejó a esos indeseables. La mujer de plástico busca nueva vida. Se la merece...